9 jul 2010

Año 487: En Tierra Enemiga Parte 2

Los victoriosos navíos britanos surcaban las embravecidas aguas que bañaban las costas, comandados por El Puño de Britania, el barco del propio Príncipe Madoc, en el que viajaban nuestros jóvenes caballeros.

El pequeño ejército pensaba desembarcar cerca de Dover, pues sabía que allí encontraría la flota de los Jutos, que dominaban aquella parte del país, arrasando los territorios que antaño pertenecía a los britanos.

Echaron el ancla en una pequeña cala, y lentamente, los caballeros fueron desembarcando, acompañados por el centenar de infantes que lucharían a su lado. Madoc, montado en su caballo de guerra blanco, Tempestad, daba órdenes y animaba a sus soldados, recordándoles el duro golpe que asestarían al invasor sajón.

Los caballeros se acercaron al campamento enemigo, y sin pensárselo un solo instante, cargaron colina abajo, intentando arrasar las defensas sajonas. La pendiente hacía que fuera difícil controlar las monturas, pero nuestros valerosos guerreros no se arredraron, y nuevamente se hincaron con furia en el muro defensivo, tajando, cortando y golpeando, haciendo brotar la sangre a chorros.

Pronto aquel verde pasto terminó pisoteado y ensangrentado, cubierto de cadáveres que no verían un nuevo amanecer. Sir Garrick lideraba nuevamente la batalla, pues su buen hacer no había pasado desapercibido, y el príncipe Madoc, recordando los estragos que los jóvenes caballeros habían causado en las batallas anteriores, los mantuvo a todos en la misma unidad.

Los caballeros lucharon con valor, pero esta vez, los dioses de la guerra no estaban con ellos. Sir Gunner, el Oso de Salisbury, fue el primero en ser desmontado debido a un lanzazo enemigo, cayendo pesadamente al suelo. Los sajones se abalanzaron contra él, pensando que sería una presa fácil, pero estaban equivocados, pues Gunner, rugiendo como el animal que le daba nombre, se alzó con rapidez, balanceando su afilada hacha en arcos mortíferos.

Sir Langley fue el siguiente en caer, defendiéndose como un león, hasta que llegaron los infantes aliados, y pudo luchar junto a ellos, a pesar de sus infructuosos intentos de liderar una unidad. Sir Garrick combatió bien, aunque también fue herido varias veces, solamente Sir Loic, el Caballero Juramentado, salió indemne del combate, que tras un largo tiempo, finalizó con victoria britana.

Los jóvenes caballeros recomendaron a su señor la posibilidad de utilizar los barcos capturados para realizar algún tipo de estratagema contra los sajones. A pesar de las reticencias iniciales del Príncipe Madoc, al final los barcos sajones partieron amarrados a los britanos.

En la ruta que Madoc había pensado, el siguiente destino era navegar por el Blackwater River, hasta llegar a Maldon, donde tratarían de infligir el último golpe a la flota sajona. Teniendo en cuenta las pérdidas que había tenido en anteriores escaramuzas, el príncipe no quería un enfrentamiento con las tropas de Maldon, superiores en número, por lo que solicitó la presencia de sus caballeros de confianza para idear algún tipo de estratagema.

Las conversaciones fueron largas y tediosas, pero al final, los jóvenes caballeros se ofrecieron como voluntarios para un plan arriesgado. Se dividirían en dos grupos, en uno de ellos, Sir Langley y Sir Garric, acompañados de Sir Mark, un joven caballero del condado de Jagent. En el otro, Sir Gunner y Sir Loic, junto con Sir Cador, de Silchester.

Cada uno de estos grupos asaltaría las torres de vigilancia construidas en la rivera del río, las encargadas de dar la alarma a la ciudad en caso de asalto. Una vez estuvieran bajo control, se intentaría llegar a los barcos sin ser descubiertos, e inutilizarlos.

Sir Loic trató de ser sigiloso, pero por una vez, los nervios le fallaron y fue descubierto por los vigías. Rápidamente Sir Gunner salió a la luz, y aprovechándose de su apariencia sajona, trató de engañar a los vigías, lo suficiente para cogerlos por sorpresa.

Cuando se inició el asalto, el valeroso Gunner se aferró a ambos combatientes, dando tiempo a sus camaradas para subir a la torre, aunque fue ferozmente acuchillado en el proceso y cayó inconsciente. Su acto heroico sirvió para que sus camaradas consiguieran rendir la torre de vigilancia.

En el otro lado, las cosas no salieron tan bien como debían. Los caballeros asaltaron la torre, y se enfrascaron en un cruento combate, pero con infructuoso resultado. Tanto Langley como Garrick fueron derrotados, y el joven Sin Mark se vio enfrentado a tres sajones sonrientes, que se disponían a dar la alarma.

Nadie contaba con la valentía del caballero, que se arrojó sin dudarlo sobre los sajones, y antes de que estos reaccionaran, acabó con dos de ellos con dos certeros tajos. Pero a pesar de su arrojo y pericia, no pudo derrotar al último de los sajones, que lo dejó inconsciente.

El enemigo avanzó hacia los caballeros caídos, y alzó su arma, dispuesto a acabar con su vida, dio un paso… y una jabalina se hincó en su cuello, clavándolo directamente en la madera. Sir Cador, en un certero lanzamiento ¡¡había alcanzado al sajón desde la otra orilla del río!! Tal demostración sería motivo de leyendas, sin dudarlo…

Lo ocurrido después, los valientes caballeros lo supieron por los relatos de sus camaradas, pues ellos se hallaban convalecientes de sus heridas, y Sir Loic, nuevamente el único caballero intacto, los acompañaba. La intención del príncipe era tomarse un descanso más al norte, pero aún habría tiempo para que los caballeros mostraran que estaban hechos de la misma pasta que los héroes de las leyendas.

Mientras navegaban sufrieron el asalto de los restos de la flota sajona. Los britanos se aprestaron a defenderse como pudieron, Sir Loic subió a la cubierta, armado con su refulgente lanza, con la mirada al frente y el cabello ondeante, desafiando a los sajones a subir a su barco.

En ese momento escuchó un ruido a su espalda, miró hacia atrás, y una sonrisa se dibujó en su rostro. De las bodegas del barco, envueltos en vendajes ensangrentados, empuñando sus armas, tambaleantes pero orgullosos, los guerreros se unieron al Caballero de la Lanza para una última resistencia.

Lo único que podemos decir de esta batalla, es que esa noche, los peces cenaron carne de sajón…


5 jul 2010

Año 487: En Tierra Enemiga Parte 1

El día se presentaba nuboso cuando los caballeros, montados en sus vigorosos corceles, partieron hacia Hantonne acompañando al Príncipe Madoc. Junto a ellos cabalgaban multitud de caballeros jóvenes, ansiosos de botín y gloria, bromeando y riendo a costa de los incautos sajones a los que iban a saquear. Los preparativos fueron minuciosos pero efectivos, y pronto tres navíos pertrechados para la guerra partieron hacia el este siguiendo la costa.
El viento marino henchía las velas, y la sal mojaba los labios de los caballeros, poco habituados a las aguas que bañaban las orillas de Britania, pero aún así, sus ojos brillaban con la anticipación de la batalla. Pronto alcanzaron su destino, cerca de Devensey, donde, al rodear un promontorio, pudieron ver los navíos del propio rey Aelle en la orilla, siendo reparados.

Los sajones, al avistar los barcos britanos, dieron la alarma a la fortaleza cercana, y comenzaron a aprestarse para el combate. Los britanos desembarcaron, y pronto se pusieron en formación. Sir Madoc, recordando las dotes estratégicas que Sir Garrick había demostrado en Mearcred Creek, le otorgó el mando de un batallón, el situado en el flanco izquierdo, dónde se encontraban el resto de sus camaradas. Mientras tantos, los sajones habían formado una línea de defensa, un muro de escudos improvisado pero valeroso, dispuestos a vender cara su derrota, sabiendo la importancia que los navíos tenían para los intereses del Bretwalda Aelle.

Sir Madoc alzó el brazo, y los corceles de batalla se pusieron en marcha. Los poderosos cascos hollaban la fina arena de la playa, atronando a su fulgurante paso. El sudor corría por la espalda de los caballeros, sus gargantas abiertas en un ronco grito de furia, la lanza aferrada con fuerza mientras se abalanzaban contra sus enemigos, convertidos en un muro indistinguible de vociferantes sajones.


El impacto fue brutal, como el de un millar de árboles cayendo al unísono, y por encima del rumor del oleaje se escuchaban los relinchos de las monturas, los gritos de agonía y las imprecaciones de los combatientes. El batallón de Sir Garrick, guiado con habilidad, se incrustó entre los enemigos como la hoja de un cuchillo cortando mantequilla. Garrick impactó a un sajón con su lanza y lo lanzó por los aires, secundado por el Oso de Salisbury y Sir Loic el Caballero Juramentado, que solamente dejaban la muerte tras su paso.

Pero sin duda, no hubo mayor guerrero ese día que Sir Langley, cuyo odio por el perro sajón inflamaba sus venas como si fuera lava volcánica. Quien los veía luchar pensaba que los ejércitos divinos habían tomado forma humana, destrozando enemigos a diestro y siniestro.

Sir Garrick, espoleando a su montura, lanzaba tajos a sin parar, mientras llevaba a su batallón hacia lo más encarnizado de la batalla, empapado en sangre sajona. A su vera, el Oso de Salisbury hacía honor a su nombre, y parecía una bestia empuñando su decorada hacha, cercenando enemigos como un carnicero.

El Caballero Juramentado, sin más protección que su armadura y su habilidad, movía su refulgente lanza como si fuera una avispa, alanceando una y otra vez al enemigo. Y Sir Langley, completamente poseído por el furor de la batalla, partía enemigos por la mitad de un solo golpe, como las leyendas de los antiguos héroes.

Durante unos momentos se mascó la tragedia, pues el batallón parecía que iba a ser rodeado, pero nadie podía aguantar a semejantes héroes luchando de esa forma, y al final, quebraron la línea defensiva, arrasando a los pocos sajones que se les enfrentaban.

Sin perder un segundo, Sir Garrick dirigió a sus hombres hacia los barcos, eliminando los soportes que los sujetaban hasta que cayeron de costado, y luego prendiendo fuego a la madera, no sin antes recoger uno de los estandartes del rey Aelle como botín de guerra. Los sajones, huyendo en desbandada, se refugiaron en la fortaleza, un pequeño castillo de montículo y patio de armas, pero el Príncipe Madoc no quería perder el tiempo, y tras saquear a los cadáveres, ordenó partir de nuevo.

El príncipe, que como el resto de su ejército, había visto la carnicería que los caballeros habían causado en las hordas bárbaras, llamó a los héroes a su barco, el Puño de Britania, incluyéndolos en su plana mayor y confiándole sus planes a corto plazo.

Los navíos surcaron las aguas nuevamente, en busca de nuevos enemigos…

29 jun 2010

Año 487: El Banquete de la Espada

Este año, la Corte del Rey Uther se trasladaba a Salisbury, y el personal del Castillo de Sarum se hallaba agitado ante la presencia del monarca. El Conde Roderick se hallaba ocupado con los preparativos, con la intención de agasajar a su señor de la mejor forma posible, y por ello, los caballeros, convertidos en la comidilla de los cortesanos del condado, apenas lo veían.

Lentamente iban llegando los caballeros y grandes nobles aliados de Uther, y por fin, una soleada mañana, se pudo distinguir a lontananza el enorme séquito del Pendragón. Montaba un hermosísimo corcel, de gran alzada y finas líneas, blanco como la nieve, y sus vestiduras podrían hacer sonrojar a los caballeros, a pesar de sus flamantes ropas nuevas. Junto al monarca, cabalgaba su hijo, el Príncipe Madoc, no menos impresionante que su progenitor, del que había heredado su fiera mirada y anchura de hombros, departiendo con sus camaradas de armas.

La recepción fue fastuosa, y al anochecer se celebró un gran banquete, en el que los caballeros estuvieron presentes, aunque alejados de tan poderosos y nobles señores. Tras interminables rondas de comida y bebida, a cual mejor manjar, comenzaron los tradicionales regalos entre los señores. Los nobles fueron desfilando ante el monarca, presentándole sus dádivas. El propio Conde Roderick se acercó a Uther y le entregó un hermoso yelmo, decorado con dos osos de color blanco, fabricado en las lejanas tierras de Noruega.

Tras una larga ceremonia, en la que Sir Garrick aprovechó para conversar animadamente con Lady Adwen, la rica heredera que estaba siendo objetivo de sus galanterías, fue el turno del Príncipe Madoc. A una señal suya, entraron unos hombres portando pesados cofres, los cuales depositaron en el suelo. Uno contenía oro y plata, el otro, rebosaba de brillantes joyas, y el último, tenía sedas, telas y mantos de calidad exquisita. Era el botín obtenido de los sajones. El Rey Uther, complacido, reparte casi sin mesura, y todos en la corte reciben su premio, incluso los jóvenes caballeros obtienen varias monedas de plata.

-¿Nada más? Pero si tiene tres cofres llenos…- Sir Garrick, alabando la largueza y generosidad de Uther.

En ese momento, las puertas del gran salón se abren, y heraldo anuncia la llegada del Sabio Merlín, Archidruida de Britania. El druida entra en la sala, caminando con paso firme, su cayado de serbal golpeteando el suelo de la estancia. Una sonrisa divertida se insinua entre su barba entrecana, y sus extraños ojos dorados contemplan a la multitud con alegría.

- ¡Adelante, Sabio Merlín! ¡Siempre sois bienvenido a mi lado, Archidruida y Bardo de Britania! – exclamó Uther con sus potente voz.
- Veo multitud de regalos aquí – respondió Merlín -. Regalos sin duda dignos de un gran hombre. Pero vos no sois como el resto de los hombres, Uther. – continuó mientras giraba, dirigiendo su voz estentórea a todos los rincones de la sala.

A pesar de que no hablaba alto, todos los presentes, desde el primero hasta el último, escuchaban con claridad las palabras del druida.

-Vos sois Uther Pendragón, Monarca de Britania, y sin duda nadie ha alcanzado más alta dignidad, ni siquiera los Emperadores de Roma. Un hombre de tal valía, un hombre que puede poner paz en nuestra buena tierra, se merece un presente aún mayor…

Un revoloteo de su capa, y donde antes estaban las manos vacías de Merlín, se encontraba ahora una hermosa espada, con guarda de oro y brillantes, y una vaina igual de impresionante, una espada que los jóvenes caballeros conocían muy bien. El sabio druida sujetó la espada por la vaina, ofreciéndosela a Uther, que con mano trémula, acercó sus dedos a la empuñadura. Tras un instante de duda, la desenvainó, y un brillo dorado inundó la estancia, al tiempo que la voz del Bardo de Britania se hacía escuchar.

- ¡HE AQUÍ A EXCÁLIBUR, LA ESPADA DE LA VICTORIA! –

El monarca se llevó la espada hasta sus labios, para besarla con reverencia, y luego dirigió su mirada a los allí presentes.
- Con esta espada en mis manos, ninguno de mis enemigos podrá oponerse a mí. – susurró Uther.
- Lo único que debes hacer es actuar siempre con justicia – le respondió Merlín.
- Creo que es el momento de visitar a unos viejos amigos – dijo Uther con una sonrisa, ante la algarabía general.

A continuación, Merlín llamó a los jóvenes caballeros, que le habían ayudado a conseguir la espada, y les ofreció relatar dicha historia, lo cual procedieron a hacer con indudable gracia, en una narración coral que impresionó a los cortesanos.

Al día siguiente, el Conde Roderick reunió a sus caballeros, y les informó que el Rey Uther se iba a dirigir al norte, a visitar a algunos caballeros poco leales, pero que su hijo Madoc estaba reclutando voluntarios para saquear los territorios sajones del este. Como la mayoría de los jóvenes hambrientos de gloria y botín, los caballeros decidieron que acompañarían al Príncipe Madoc.

Se aprestaban las espadas, se ajustaban la armadura, pronto correría la sangre...

19 jun 2010

Año 486, El Retorno al Hogar

Los rayos del sol caen con indolencia sobre las cristalinas aguas del lago, mientras los caballeros se despiden de Merlín Emrys, el Archidruida de Britania, que antes de irse les dedica unas palabras, pues conoce el papel desempeñado por los heroicos guerreros en la lucha contra los bandidos del bosque.

- Sabéis que si queréis acabar con una serpiente, debéis cortar su cabeza. Y esa serpiente se enrosca mucho más cerca de lo que creéis, clavando sus colmillos llenos de veneno, en lo más profundo de vuestro hogar. ¡Tened cuidado, honorables caballeros!-

Y mientras se perdía entre la floresta, su voz se escuchó una vez más.

- ¡Por cierto, quizá cuando volváis, las cosas no estén igual que cuando os fuisteis!

Y así, los jóvenes caballeros se quedaron solos de nuevo. Sir Loic, maravillado ante los portentos que había presenciado, y haciendo honor a sus creencias paganas, da varios pasos en el interior del mágico lago y hace un juramento.

El joven coloca su escudo sobre la superficie líquida, y se lo ofrece a la Dama, pidiendo su bendición y protección. El pesado escudo flota sobre el lago, sin hundirse, ante los ojos fascinados de los allí presentes, y alcanza el centro del lago, donde se hunde. Fuera lo que fuera, la ofrenda había sido aceptada. A partir de ese momento, Sir Loic se había un nuevo sobrenombre: El Caballero Juramentado.

Tras un corto debate, en el que los caballeros trataban de interpretar las crípticas palabras de Merlín, avanzaron por el sendero iluminado, el camino que los llevaría a casa. Cuando coronan la cima de una colina, a lo lejos, pueden ver ¡¡El Castillo de Sarum!!

Asombrados, no se explicaban cómo, si estaban llegando a Ebble, podían haber alcanzado Sarum en tan corto espacio de tiempo… y no sólo eso. Además, Sir Gunner se percató que, si bien cuando ellos combatieron el gigante era plena primavera, ahora las hojas de los árboles caían, muertas, como en Otoño.

La duda prendió en el corazón de los caballeros, pues unos abogaban por la prudencia, y otros por presentarse ante el Conde Roderick. Al final, se acercaron a la ciudad, donde fueron informados que, tal y como sospechaban, el tiempo había pasado de forma extraña mientras vagaban por el Otro Mundo, y ya hacía varios meses que se los había dado por desaparecidos.

Tras la narración de sus hazañas, el Conde Roderick decretó que esta noche celebrarían un banquete en su honor, durante el cual, los Caballeros deleitaron a la corte con una narración conjunta, además de tener el honor de sentarse cerca del conde, cuya mujer, la Condesa Ellen, se hallaba enfrascada en una discusión teológica con el Obispo Roger.

Al finalizar la fiesta, el Conde les regaló a sus caballeros unas nuevas cotas de malla decoradas, en sustitución de las suyas, que estaban bastante dañadas debido a los combates. Con palabras de agradecimiento, los caballeros se retiraron a sus señoríos a pasar el invierno.

7 jun 2010

Año 486, La Aventura de la Espada


“¡Acercaos! ¡Venid todos a escuchar mis palabras! Yo, Gaeldas el Bardo, os contaré las aventuras y desventuras de grandes héroes.Traedme una buena bebida, y os narraré de aquellos tiempos en los que los jóvenes caballeros fueron testigos de prodigios y encantamientos.De cuando ayudaron al sabio Merlín en la fabulosa Aventura de la Espada, combatiendo gigantes y peligros sin fin, y llevando a cabo grandes hechos de armas.¡Venid y acercaos he dicho! Pues así continúa su historia…”
El Invierno alcanzó Britania, y con la llegada de su frío soplo, los caballeros retornaban a sus hogares. Tras el resultado incierto de Mearcred Creek, los guerreros se enteraron de la aplastante derrota que el Duque Lucius de Caercolum había recibido a manos de los sajones desembarcados en el este, con lo que los ánimos no fueron los mejores.

Durante todo el invierno los caballeros hicieron acto de presencia en la corte de su señor, donde un rumor comenzó a adquirir cierta importancia, una embarazosa historia que afectaba al hermano de Sir Langley y a la hermana casada de Sir Garrick, pero la conversación entre ambos caballeros no profundizó demasiado en el tema.

- ¿Mira, qué pasa con tu hermano? – Sir Garrick, investigando la verosimilitud de los insidiosos rumores.

En ese tiempo, las noticias de provechosos saqueos en tierras sajonas llegaban a los oídos de los ardorosos guerreros, que se frotaban las manos con la esperanza de ganar gran gloria, infligir un castigo a los sajones, y sobre todo, ganar algo de botín que sufragara sus inminentes gastos.

En la corte de Sir Roderick, el caballero Sir Garrick continuó galanteando a la bella Lady Adwen, pero al parecer su ardor caballeresco no era aún suficiente para impresionar a la dama. El joven señor de Winterbourne Stoke se encontraba con un escollo insalvable de momento: el dinero.

- ¿Una libra? ¿Pero esta mujer que se ha creído que soy? ¿El rey? – Sir Garrick, asombrado al conocer el precio de su amor.

Por fin, el Conde Roderick les confió sus planes para este año, y la decepción hizo mella en los caballeros. Temeroso de posibles represalias de los sajones, el conde prefirió mandar a los caballeros de patrulla, para evitar posibles incursiones en las fronteras de Salisbury.

De este modo, los cuatro caballeros se vieron cabalgando hacia el sur, hacia el castillo de Ebble, donde pasarían, dios mediante, gran parte de su tiempo.

Mientras avanzaban por el sendero, se encontraron con un anciano encorvado, apoyado en un retorcido cayado, que se plantó delante de ellos suplicante. Los caballeros, suspicaces por naturaleza, desconfiaron de tal anciano, pero escucharon lo que tenía que decirles.

El viejo les contó que su Mary, la mula que lo llevaba al pueblo, se había asustado y huyó colina arriba, hasta meterse entre la vegetación que invadía unas viejas ruinas. Tras muchas dudas, al final Sir Garrick y el Oso de Salisbury decidieron ayudar al viejo, mientras el resto de caballeros se quedaban en el camino.

Cuando Garrik alcanzó lo alto de la colina, atravesando el follaje, llegó a un pequeño claro donde la mula se había atascado, al enredarse sus riendas entre las ramas. El caballero acercó su montura al animal, pero en ese mismo instante, el tronco de un árbol pareció derrumbarse sobre la mula, partiéndole el espinazo entre rebuznos de agonía.

El suelo temblaba, y un enorme rugido espantó los pájaros de los árboles. Las ramas se partieron cuando el enorme corpachón grisáceo de un gigante de tres ojos apareció en el claro, y el tronco que parecía derrumbado no era más que el arma de la criatura, que lo empuñaba como si de una porra se tratara.

El gigante, sin perder un segundo, arrancó una roca del suelo y la arrojó contra el caballero, que logró interponer el escudo a tiempo, evitando un golpe mortal. Sir Gunner, se abalanzó hacia el claro, y sin un ápice de temor, con sus venas ardiendo de furia guerrera, atacó sin dudarlo.

Más el gigante fue aún más rápido, y balanceando su tronco, impactó contra el caballero, desmontándolo con fuerza. Sir Langley que se acercaba al lugar de la batalla, vio caer al Oso de Salisbury como si un proyectil fuera, con el escudo abollado, la cota de mallas reventada y la sangre brotando de su cuerpo, indudablemente herido de muerte.

El Caballero de la Lanza clavó espuelas y pronto todos luchaban contra el gigante, que lanzaba terribles golpes contra Sir Garrick. Sin duda el destino, la suerte, y la habilidad del guerrero lo libraron de una muerte segura, mientras los demás herían una y otra vez al gigante, aunque ninguno de sus golpes era mortal.

El combate se alargó, el cansancio se empezaba a apoderar de los guerreros, que seguían sin poder acabar el combate. Mientras tanto, Sir Gunner notaba como la vida se escapaba de su cuerpo. El dolor era insoportable, el respirar era un infierno, y su vista se nublaba sin cesar.

Notó un movimiento, abrió los ojos, y pudo contemplar al anciano, que lo miraba con compasión, una sonrisa dibujada en sus resecos labios. El anciano puso las manos de huesudos dedos en las sienes del caballero caído, y dijo algo con un susurro.

- Aún no ha llegado tu hora, valiente caballero…-

Una calidez llenó por completo a Sir Gunner, que contemplaba extasiado como sus heridas habían desaparecido. Un millón de preguntas pugnaban por salir de los labios del caballero, pero el anciano negó con la cabeza.

- Pronto llegarán las respuestas, Sir Gunner, ahora tus amigos te necesitan. –

Cuando Sir Langley, que cabalgaba hacia su escudero para hacerse con una lanza, vio al Oso de Salisbury, ensangrentado y con la armadura mellada, pero corriendo a la batalla, sus ojos se abrieron como platos por la sorpresa, pero no tenía tiempo que perder, y continuó la eterna batalla.

Por fin, después de un largo rato, el gigante cayó como si fuera una montaña, haciendo retumbar el suelo con su enorme corpachón. En ese instante, unos aplausos llenaron el repentino silencio del claro, mientras el anciano que los había conducido hasta allí se acercaba riendo.
Los caballeros, extrañados, demandaron al anciano, que ya no caminaba encorvado, que les revelara su nombre. Sir Loic incluso le apuntó con su lanza amenazante.

- No hay necesidad de estas cosas, caballero – dijo el anciano. Apartó la punta de la lanza con desdén, y se quitó su andrajosa capa con un revoloteo. Cuando Loic miró su arma, vio que era un simple palo de caminante, y donde se hallaba un anciano, se encontraba un hombre en la plenitud de su vida, de cabello negro y barba recortada.

Sólo una persona era capaz de esgrimir esos poderes mágicos con tanta facilidad, y esa persona no era otra que el sabio Merlín, el Archidruida de Britania.

Merlín, con una sonrisa, se dirigió a ellos con palabras amables.

- Habéis pasado la prueba, amigos. Ahora, reclamo vuestra habilidad para una importante tarea, de cuyo éxito dependerá el futuro del reino. Si me acompañáis, deberéis dejar a vuestros caballos y escuderos aquí, pues no pueden seguirnos allá donde vamos. –

Tras pronunciar estas palabras, se introdujo en el bosque a buen ritmo, apoyado en su hermoso bastón de serbal, con un halcón tallado en la punta. No hay que decir que los valientes caballeros aceptaron la misión que se les presentaba, maravillados ante la posibilidad de presenciar prodigios sin par.

Avanzaron por un sendero entre la vegetación, apenas un camino de animales, pero que parecía brillar de forma especial. La luz que se colaba entre las ramas iluminaba las hojas y las flores, que parecían tener los colores más vivos, brillar con más intensidad que nunca. El sendero cambiaba según avanzaban, y si miraban atrás solamente había más bosque, el camino parecía haberse desvanecido.

Por fin, alcanzaron un lago, de aguas frías y cristalinas, donde la bruma avanzaba sinuosa por la líquida superficie. Allí, a su orilla, Merlín se volvió a dirigir a ellos.

- Ahora caballeros, solicito vuestra protección, pues necesito tiempo para obrar mis encantamientos. Estad atentos, pues de vosotros depende el destino de Rey y de Britania. –
Dicho esto, se volvió hacia el lago, con los ojos cerrados, y comenzó a murmurar palabras en un idioma desconocido.

Casi en ese momento, se escuchó un galope a lo lejos, y los caballeros se aprestaron para defender al druida, que estaba inmerso en su magia. El cabalgar se acercó más y más, hasta que entre el follaje salió un jinete empuñando dos espadas.

Los caballeros pensaban que se enfrentaban a un hombre, pero pronto se dieron cuenta de su error cuando, al acercarse vieron que jinete y montura formaban un solo ser, construido de algas, limo y ramas. De pronto, dos brazos más brotaron del torso de la criatura, que se enfrentó a los cuatro caballeros sin dificultad.

La lucha fue breve pero encarnizada, y los caballeros pronto lograron abatir a la bestia, que se deshizo en algas y barro con un sonido asqueroso. Merlín finalizó su canto y entre las brumas surgió una barca, construida en madera blanca, que navegó sola hasta la orilla, como si esperara por ellos.

Todos embarcaron, y de nuevo, sin mano que la dirigiera, el blanco navío surcó las tranquilas aguas, hasta la zona central del lago. Mientras navegaban, unas criaturas anfibias, con las bocas erizadas de dientes, les atacaron, pero consiguieron acabar con ellos sin dificultad.
Repentinamente, las aguas volvieron a la normalidad, y la barca se detuvo por completo.

Un rayo de luz cayó sobre el lago, y durante unos momentos, pareciera que se escuchara una música angelical. La superficie líquida fue quebrada y un delicado y pálido brazo femenino surgió, empuñando la espada más hermosa que aquellos hombres jamás habían visto.

Merlín recogió aquel regalo, envolviéndolo en un paño de seda roja, y volvieron a la orilla. Allí, agradeció su ayuda, y desapareció, dejando a los caballeros solos, prestos a volver a Sarum para contar al Conde lo extraordinario de su aventura.