25 may 2010

Año 485. La Batalla de Mearcred Creek


“¡Acercaos! ¡Venid todos a escuchar mis palabras! Yo, Gaeldas el Bardo, os contaré las aventuras y desventuras de grandes héroes.

Traedme una buena bebida, y os narraré de aquellos tiempos en los que los jóvenes caballeros fueron la pesadilla del invasor sajón.

De cuando combatieron en Mearcred Creek, regando el campo de batalla de sangre enemiga, y llevando a cabo grandes hechos de armas. ¡Venid y acercaos he dicho! Pues así continúa su historia…”

Los caballeros se habían quedado sorprendidos al ver al Conde reunido con todos sus hombres de confianza y ataviados para la guerra. Pronto, su señor los puso al día.
Al parecer, el Rey Uther había convocado a sus tropas para atacar a los sajones del sureste de Britania, aquellos comandados por el Bretwalda Aelle. El ejército de Llogres se había reunido a escasa distancia de Sarum, y los caballeros tenían que pertrecharse para el combate y reunirse con las tropas lo antes posible.

En ese momento, el chambelán de Sir Roderick abrió las puertas de la gran sala, anunciando a un nuevo caballero. Era nada menos que Sir Gunner, el Oso de Salisbury, el cual, ya recuperado de sus heridas, respondía a la llamada de su señor con la presteza acostumbrada.

Cuando el enorme caballero entró, con su hacha adornada al cinto, su cabello rubio ondeando y la capa hecha de la piel del oso que había matado en Imber, un murmullo se levantó entre los caballeros del Conde, sobre todo por la parte de Sir Amig, el Asesino de Sajones, pues Gunner era la viva imagen de aquellos a los que iban a combatir.

Sir Langley, cuyo odio por los sajones era casi tan elevado como el del Castellano de Tilshead, sumó su descontento a las quejas de Sir Amig.

- Ya nombran caballero incluso a los perros…- Sir Langley, haciendo amigos.

Durante unos instantes pareció que las palabras iban a dar paso a las armas, pero afortunadamente, la intervención del Conde apaciguó los ánimos, al menos temporalmente. Una vez terminada la reunión, la mayoría de los caballeros se fueron a prepararse, pero nuestros valientes héroes se quedaron allí, sobre todo, al ver que la Condesa Ellen, acompañada de varias mujeres en edad casadera, habían entrado en el salón.

Sir Jaradan, la Espada del Condado, se acercó al grupo de mujeres, y se inclinó con una floritura, solicitando con educación y gracia las bendiciones de las damas antes de partir al combate. Éstas, entre risas, se lo concedieron con gusto, pues de todos era bien conocida la fama de mujeriego del joven caballero.

Sir Garrick, impresionado por la belleza de Lady Adwen, y por qué no decirlo, aún más impresionado por sus heredades, dedicó unas bellas palabras a la joven y hermosa viuda. Tan buenas palabras usó, y tanta pasión puso en su petición, que la joven le otorgó una prenda para que lo portara en combate.

- ¡Llevaré este pañuelo en el corazón, para que me de fuerzas en la batalla! - Sir Garrick, haciendo planes de futuro.

De este modo, los caballeros partieron, seguidos por sus fieles escuderos, a encontrarse con las tropas del Rey Uther. Rápidamente, Sir Garrick y Sir Loic hicieron gala de sus habilidades para la Equitación, y se adelantaron a sus camaradas, que continuaron el viaje sumidos en un hostil silencio.

Al anochecer alcanzaron el campamento, una multitud de tiendas de campaña alzadas a la luz de las hogueras, donde caballeros, soldados y seguidores, disfrutaban de los pocos momentos de descanso que les quedaban.

Los caballeros paganos decidieron celebrar lo que quizá podría ser su última cena de la mejor forma posible, que era ingiriendo enormes cantidades de hidromiel y cerveza. Tanto alcohol fue peor soportado por el Caballero de la Lanza, que se levantó al día siguiente con una fuerte resaca, acentuada por los gritos de ánimo de Sir Brastias, uno de los caballeros del rey, que instaba al campamento a ponerse en marcha.

- Vale, sabemos que es el guardaespaldas del rey… pero ¿por qué grita tanto? - Sir Loic después de una noche de fiesta.

Lentamente, como un enorme animal que se despereza, el ejército de Britania se pone en marcha, hasta alcanzar las cañadas de Mearcred. Allí, se encuentran con un espectáculo que pone a prueba los nervios de los jóvenes caballeros. Cientos de sajones los recibían, gritando, maldiciendo y bramando en su idioma, mientras entrechocaban sus armas, y sus druidas, sucios y malolientes hombres vestidos con pieles, escupían encantamientos contra los britanos.

De entre las tropas sajonas salió un hombre, montado en un caballo blanco, vestido con pieles de oso. En su mano izquierda empuñaba una enorme hacha, y en la derecha, una lanza en cuya parte superior se mostraba un cráneo de lobo ensangrentado.

Era Aelle, Bretwalda de los Sajones.

Aelle clavó los talones en su montura y se acercó a galope hasta las filas britanas, desdeñando un posible ataque. Cuando estaba a un tiro de piedra del enemigo, clavó su lanza en el suelo y señaló a todo el ejército rival con su hacha, vociferando desafíos en su idioma. Alentado por los gritos de sus soldados, el Bretwalda volvió grupas y se unió a sus tropas.

Los britanos, aunque abuchearon al sajón, contuvieron el aliento en espera de la respuesta al desafío. Y esta no se hizo esperar.

Lentamente, con parsimonia, un enorme caballo de batalla, negro como la noche, surgió entre los britones. Sobre él, un hombretón de noble porte, cabello y barba rojas como el fuego, ataviado con una decorada armadura y un valioso manto ribeteado de armiño. La montura avanzó despacio, hendiendo el suelo con sus cascos, hasta alcanzar el estandarte sajón. Con un solo movimiento, el Rey Uther Pendragón desenvainó su espada y cortó la lanza. A continuación, escupió contra el enemigo, despectivamente, y volvió a sus filas, ovacionado por su hombres.

En ese momento los estómagos de los caballeros se contrajeron inevitablemente, el sudor recorrió sus espinas dorsales y sus manos temblaron imperceptiblemente, pues en ese momento, en ese mismo instante, comenzaba la Batalla de Mearcred Creek.

Sir Amig, el Asesino de Sajones, comandaba su unidad, y ante el sonido de ataque, taloneó los flancos de su caballo y avanzó contra el enemigo. Despacio al principio, pero adquiriendo más velocidad a cada paso, las monturas de los caballeros se abalanzaron contra los sajones.

El choque fue simplemente brutal. El tronar de los caballos parecían una tormenta, los gritos enemigos ensordecían sus oídos, sus espadas sajaban carne, metal y hueso, mientras los brazos temblaban a cada golpe portador de muerte. Los caballeros se hincaron profundamente en la muralla de enemigos, despedazando a los guerreros a pie sajones.

Sir Garrick ensartó a un sajón, dejándolo clavado en el suelo, y el Caballero de la Lanza derribó a otro, lanzándolo por los aires. Sir Langley no se quedó atrás, golpeando una y otra vez a los enemigos, y el Oso de Salisbury, cayó sobre los enemigos como el animal del que tomaba el nombre.

Sir Amig, enloquecido por su odio, avanzaba cada vez más, penetrando entre las tropas, enemigas sin percatarse del peligro que traía a su unidad, pues aunque los caballeros causaban muchas bajas, debido a la superioridad numérica, pronto no quedaron más que los cuatro camaradas y Sir Amig, que seguía atacando sin parar.

El enemigo los rodeó, y la situación parecía desesperada, con una multitud de enemigos asaltando su posición, aferrando las riendas de sus caballos, alanceando y golpeando a los caballeros. Si ese día no cayeron, fue gracias a los dioses y su habilidad en el combate.

Sir Amig consiguió abrir una brecha y sacarlos del cerco, pero cuando parecía que el peligro había pasado, una lanza sajona se hincó en su costado, lanzando al veterano caballero al suelo. Al instante, los caballeros se lanzaron a proteger su vida, creando un círculo defensivo, al tiempo que Sir Langley se desgañitaba, llamando a su escudero.

Por fin, Gwinned, con su dorado cabello al viento, acudió a la llamada de su señor, y consiguieron sacar a Sir Amig de allí. Sir Garrick, el caballero mejor entrenado en táctica y estrategia asumió el mando, consiguiendo salvar la vida de sus camaradas.

Al final, ambos ejércitos se separaron, sin ningún vencedor claro, dejando un campo lleno de cadáveres, un auténtico festín para los cuervos. Los caballeros, extenuados, retornaron al campamento, y celebraron que seguían vivos un día más.

Pronto volverían a sus señoríos, a pasar el invierno y a recuperarse de sus heridas… pues les haría falta estar preparados para las aventuras que les esperaban.

18 may 2010

Año 485. Los Bandidos del Bosque. Parte 2


“¡Acercaos! ¡Venid todos a escuchar mis palabras! Yo, Gaeldas el Bardo, os contaré las aventuras y desventuras de grandes héroes.

Traedme una buena bebida, y os narraré de aquellos tiempos en los que los jóvenes caballeros, Sir Gunner y Sir Loic, y sus nuevos camaradas, Sir Garrick y Sir Langly, se convirtieron en el terror de sus enemigos.

De cuando se adentraron en el peligroso bosque en busca de los escurridizos y malvados bandidos. ¡Venid y acercaos he dicho! Pues así continúa su historia…”





El sol dorado se escondía en el horizonte en el momento en el que los guerreros de Salisbury penetraban en el pobre señorío de Andrew De Falt. Los gritos de los campesinos y el entrechocar de las espadas quedaron cubiertos por el tronar de los caballos, que hollaban la tierra como corceles del infierno.

En vanguardia, Sir Loic, el Caballero de la Lanza, los cabellos ondeando al viento, su arma firmemente aferrada en la diestra y el costado izquierdo protegido por el escudo. A sus flancos, sus dos nuevos camaradas, dos jóvenes pero valerosos caballeros.

Sir Garrick, de Winterbourne Stoke y Sir Langly, de Durnford, azuzaban a sus monturas con un brillo de determinación en los ojos, ansiosos de probarse en combate y de demostrar que eran dignos de sus armas. Tras ellos, los veinte infantes de los que había podido prescindir el Conde Roderick cabalgaban inspirados por los caballeros que los comandaban.

Los bandidos que atacaban el señorío no fueron rivales para los recién llegados, que los abatieron como campesinos que siegan la cosecha. Pronto sus espadas quedaron tintas en sangre y los enemigos se batieron en retirada.

Sir Loic, preocupado por su camarada Gunner, entró en la casa del señor temiéndose lo peor. Pero nuevamente el Oso de Salisbury había hecho honor a su nombre. Había afirmado sus pies en la escalera, acabando con cuanto enemigo le salía al paso, convirtiendo el lugar en una matanza.

Ahora, casi desvanecido, aún sujetaba su hacha decorada, sonriendo al caballero con el rostro lleno de sangre, mientras se lo llevaban para tratar sus heridos.

- Dejadme alguno, Sir Loic, ¡no os quedéis con toda la gloria! - Sir Gunner, despidiéndose de su camarada.

Los caballeros se reunieron con el señor de las tierras, el afectado Sir Andrew, para decidir un plan de actuación. Aunque hubo algunas disensiones, se decidió que tanto Sir Loic como sir Langly, acompañados por Brunner, el mejor cazador de la región, y de Alein, uno de los hombres del conde, intentaría llegar al campamento de los bandidos en una misión de reconocimiento.

Con gran habilidad, y porque no decirlo, también algo de suerte, alcanzaron la pequeña depresión del terreno que ocultaba el campamento enemigo sin que ninguno de los vigías los descubrieran. Allí, pudieron ver una enorme hoguera, con algunos bandidos a su alrededor, y varias chozas construidas a su alrededor. Aunque nada estaba construido en buena calidad, se veía que llevaban un tiempo ya establecidos allí.

Haciendo gala de su proverbial percepción, Sir Langly pudo ver a dos hombres que salían de la cabaña de mayor tamaño. Uno de ellos, era un hombre alto y fornido, vestido con ropas vulgares, y con una gran espada colgada al cinto. A su lado, otro hombre, encapuchado, pero al que sus ropajes de calidad delataban como noble, conversó con el líder de los bandidos unos momentos, y luego montó a caballo, alejándose de allí con velocidad.

El Caballero de la Lanza volvió al señorío, a buscar a las tropas, mientras Sir Langly se quedaba allí, bien oculto, estudiando los vigías y los cambios de guardia. Cuando largo rato después, los soldados del Conde se acercaban al campamento, estuvieron a punto de ser descubiertos, pero Loic primero, y Langly después, acabaron con la vida del vigía antes de que este pudiera gritar.

Apremiando a sus tropas, para que los bandidos no se percataran de la ausencia del vigía, Sir Garrick preparó una improvisada estrategia de batalla. Estableció a los arqueros a ambos flancos, y les ordenó disparar flechas incendiarias, al tiempo que Sir Loic, junto con Brunner, rodeaba el campamento para evitar que huyera su líder.

Los bandidos salieron de las cabañas, y entre la confusión y el sueño, apenas pudieron preparar una defensa efectiva, que era justo lo que esperaba Sir Garrick. Con un grito, lanzó a la carga a los infantes, liderados por el mismo y por Sir Langly, que corrieron ladera abajo en busca de los enemigos.

El caballero de Dunford casi pierde el control, tropezando la bajada, pero con el escudo por delante consiguió embestir a un par de bandidos, a los que arrojó al suelo. Por su lado, Sir Garrick, haciendo gala de una impecable destreza, parecía danzar entre sus enemigos, lanzando tajos a diestro y siniestro con su espada.

La batalla se desató a su alrededor, los gritos de los agonizantes, los huesos quebrándose. Las caras enemigas se difuminaban, solo visualizando bultos a los que sajar y apuñalar. Los caballeros, aunque los infantes y los bandidos caían a su alrededor, se incrustaron como una cuña entre sus enemigos, y pronto alcanzaron el centro del campamento.

Sir Langly, rodeado de enemigos, luchaba con un león, esquivando, parando y tajando, mientras a su lado Sir Garrick clavaba su mirada en el líder de los bandidos, que bramaba órdenes con fuerza.

¡Sir Garrick, id a por el líder, yo os cubriré aquí! - Sir Langly, improvisando uno de sus “inspirados” planes.

El tiempo pareció detenerse alrededor de Garrick, que vio como el líder de los bandidos lo señalaba con su espada, lanzándole un claro desafío. El valiente caballero dio un paso adelante, sujetando con más fuerza su escudo y moviendo con habilidad la espada, preparándose para el combate.

- Has elegido un mal día para enfrentarte a mí, caballero - John, Líder de los Bandidos

Ambos contendientes se lanzaron hacia delante, y las espadas entrechocaron con furia, resonando con un tañido metálico. Los luchadores se separaron, midiéndose con la mirada. Sir Garrick, joven e impetuoso, lanzó un golpe vertical con su arma, tratando de partir en dos a su rival. Pero este reaccionó con rapidez, como una serpiente, apartándose a un lado, girando sobre sí mismo y lanzando un atroz golpe que lanzó al caballero varios metros hacia atrás, cayendo casi inconsciente. Sólo el escudo de Garrick impidió que este muriera allí mismo.

Mientras tanto, Loic se enfrentaba a uno de los vigías, pero éste no era rival para su refulgente lanza, que pronto segó la garganta de su rival. Luego, corrió para interponerse entre el líder de los bandidos y el caído Sir Garrick.

El enorme bandido se abalanzó sobre el Caballero de la Lanza, que moviéndose con habilidad clavó su arma en la pierna de su rival, inmovilizándolo al suelo. En ese momento, llegó Sir Langly, y con un rugido de furia, golpeó con fuerza a su enemigo, dejándolo inconsciente.

La batalla había terminado. Aunque Sir Loic intentó seguir al noble encapuchado, ya había pasado mucho tiempo, y la pista se había enfriado, de modo que volvieron al señorío De Falt, para interrogar a los prisioneros.

Después de unas semanas recuperándose de sus heridas, los caballero se dispusieron a interrogar al líder de los bandidos, el hombre llamado John. El bandido, mostrando su falta de honor, no tuvo reparos en contar aquello que sabía, mientras uno de los sirvientes venía a traerle algo de comida.

El interrogatorio duró un rato, al tiempo que el bandido se zampaba toda la comida, y los caballeros intentaban atar cabos, tratando de descubrir la identidad del misterioso noble, que por lo visto, era el enlace con los bandidos, y que les pasaba información sobre caravanas de mercaderes a cambio de una parte de los beneficios.

Pero cuando los caballeros preparaban un plan para intentar capturarlo, se dieron cuenta de que el bandido estaba tosiendo, tosiendo con bastante insistencia. El hombre trataba de respirar, se aferraba la garganta mientras se iba poniendo rojo. Vomitó, tanto comida como sangre, y antes de que los caballeros pudieran hacer nada, John había muerto envenenado.

Fuera quien fuera aquel noble, tenía espías y hombres en todos lados. Los vigilantes de la celda, pensando que era uno de los hombres del Conde, dejaron pasar al “asesino”, que se escapó con total impunidad, pues nadie sospechó nada hasta que fue demasiado tarde.

Los caballero se dispusieron para partir, mientras Sir Garrick se despedía se Lady Erin, la heredera del señorío De Falt, que se había encargado de curar sus heridas, y con la que había desarrollado una bonita amistad, y quizá algo más.

Llegaron a Sarum, y cuando entraron en el gran salón, el Conde Roderick los esperaba vestido para la batalla.

- Ya habrá tiempo para los informes después, mis valerosos caballeros. Ahora, partimos a la Guerra…- El Conde Roderick

2 nov 2009

Campañas de Pendragón

¡Saludos a los Viajeros!

Como algunos sabréis, esta semana he tenido un ligero contratiempo en forma de esguince de tobillo, que me ha limitado un poco a la hora de sacar ganas de escribir. Bueno, eso y una ración intensiva de World of Warcraft jeje.

El caso, es que en La Frikoteca hace algunos días, nos publicitaron la Campaña de Pendragón que estamos contando a través de este humilde blog, junto con el blog de Lato, otro de los habituales, que también está a punto de comenzar en Ex Calce Liberatus (Chicos, comenzamos a hacernos famosos!)

Es un honor esa nota, puesto que fue gracias a la Frikoteca que yo me animé a hacer mi campaña, y animo a los visitantes que echen un ojo a esos blog, que están de PM (mis jugadores, que no se pasen, por si saco ideas de allí jaja)

Por supuesto les devuelvo ese enorme favor, así que, entrad entrad en sus blog!

En otro orden de cosas, ya que estoy publicitando, Area 51, probablemente la mejor tienda de comics de Las Palmas, tiene página web, por si queréis echarle un vistazo: Area 51

Prometo que en breve comenzaré a publicar cosas mas productivas, lo juro!

Saludos

Año 484. Los Bandidos del Bosque. Parte 1


“¡Acercaos! ¡Venid todos a escuchar mis palabras! Yo, Gaeldas el Bardo, os contaré las aventuras y desventuras de grandes héroes. Traedme una buena bebida, y os narraré de aquellos tiempos en los que los jóvenes caballeros, Sir Gunner y Sir Loic, se convirtieron en el terror de sus enemigos. De cuando el Oso de Salisbury y el hábil caballero de la Lanza se adentraron en el peligroso bosque en busca de los escurridizos y malvados bandidos. ¡Venid y acercaos he dicho! Pues así continúa su historia…”




Cierto día, mientras los caballeros pasaban el tiempo en sus tierras de origen, entrenando sus habilidades, fueron convocados por su señor, el Conde Roderick, a que se presentaran en Sarum. Como honrados caballeros mantenidos que eran, tanto Sir Gunner como Sir Loic acudieron prestos a la llamada de su señor, acompañados de sus escuderos.

Una vez allí, en el corazón de Salisbury, fueron recibidos en el castillo del Conde, y el chambelán los hizo pasar a un salón menor. Allí, se encontraban los hombres de confianza de Roderick. Sir Amig, Sir Elad, Sir Hywel y Sir Jaradan se situaban alrededor de una pequeña mesa redonda, atentos a un mapa desplegado sobre la misma y escuchando con atención las palabras del Conde.

Tras la bienvenida, el Conde explicó a los nobles caballeros que los asaltos de bandidos seguían extendiéndose por todo el contado, y que ahora eran incluso más habituales. A pesar de sus esfuerzos, y de reforzar las patrullas que recorrían la zona oeste, éstos siempre atacaban con precisión, como si supieran sus movimientos con antelación.

El problema residía en que el rey Uther había hecho un llamamiento de sus nobles para enfrentarse al Rey Aelle de Sussex, y el Conde debía acudir.
Como no quería dejar el problema de los bandidos sin solución, había decidido encomendar la tarea a los jóvenes y prometedores Gunner y Loic.

Sometió la decisión a consejo, y Sir Amig se negó, alegando que no estaban preparados, aunque no pudo evitar miradas de odio para el joven Gunner, debido a su sangre sajona. Pero Sir Jaradan, la Espada del Condado, conocedor de la valía de los jóvenes, dio su apoyo, al igual que Sir Elad, que los había entrenado. De este modo, quedó decidido que los caballeros partirían lo antes posible hacia el Señorío De Falt, el último en ser atacado.

Salieron pronto, cabalgando a buen ritmo, y pronto se internaron en la linde del bosque, siguiendo un afluente del Río Avon, al norte de Modron’s Forest. Mientras se acercaba a su destino, se encontraron con campesinos, que les lanzaban miradas de soslayo, previniendo el peligro. Los caballeros se percataron que los habitantes de aquellas tierras estaban asustados por los malditos bandidos.

Al llegar a un gran claro robado al bosque, un caballero, vestido con ropas nobles pero antiguas, les salió al paso montado a caballo, junto con otros dos jinetes. Con expresión preocupada, interrogó a los recién llegados por su identidad y propósitos.
Estos, sin tener en cuenta la grosería del caballero, que no se había presentado, dijeron sus nombres y el motivo por el que se hallaban allí.

Al instante, el caballero cambió su actitud, relajándose ostensiblemente. Excusándose, se presentó como Sir Andrew De Falt, señor de ese humilde señorío, y víctima del último ataque de los Bandidos del Bosque.
Éste, acompañado por Sir John y Sir Ulric, los escoltó hasta su casa, un edificio grande cerca del río. Los caballeros comprobaron que, realmente, sus posesiones eran muy humildes, y que algunas de las casas de los campesinos aparecían quemadas o destrozadas.

Sir Andrew los invitó a una frugal cena, dónde les presentó a su única hija, Lady Erin, la única familiar con vida que le quedaba, pues su esposa había muerto años antes.
Mientras cenaban, el señor les puso al día de la situación, y entre todos pensaron un extraño, arriesgado y sorprendente plan.

Necesitarían dos carretas. Luego, harían circular entre los campesinos y los señoríos vecinos, el rumor de que el señor iba a partir en breve, por temor a los bandidos, y que se llevaría sus provisiones y riquezas hasta que el Conde Roderick acabara con el problema.
Sus escuderos, portando sus armas y escudos, escoltarían la caravana, mientras en el interior de los carromatos, en lugar de comida y dinero, estarían los caballeros, acompañados por Sir John y Sir Ulric, preparados para una emboscada.

Suponían que, si como pensaban, había un traidor que informaba a los bandidos de los movimientos de los caballeros, se enterarían de la partida del Señor, y a pesar de lo extraño de la situación, no podían dejar pasar la oportunidad de apoderarse de tal botín.

Y así fue.

La caravana partió por la mañana. Los jóvenes caballeros iban entre bultos de paja, cubiertos por una pesada lona, en un calor asfixiante. En algunos momentos, los caballeros estuvieron a punto de perder el conocimiento, debido al calor, pero aguantaron como jabatos.

De pronto, un árbol caído les impedía el paso. Un hombre sonriente, armado con una ballesta, les dio el alto.

-Bueno, a estas alturas, todos sabemos que significa esto. Así que, ¿por qué no tiráis las armas y terminamos esto pronto?- Tom el Largo, Bandido del Bosque.

Los escuderos, ataviados con las vestimentas de los caballeros, arrojaron las armas, y de entre las ramas surgieron más ladrones. Uno de ellos se acercó a la carreta de Loic y Gunner, y sujetando al conductor, lo tiró al suelo de malos modos. Cuando se subió al pescante, para levantar el toldo, Sir Loic se alzó, y lanzó una certera estocada con su lanza, que derribó al bandido al instante.

Con un bramido de guerra, Sir Gunner, el Mataosos, bajo de un salto de la carreta, y se abalanzó contra sus enemigos. Sir Loic, hizo otro tanto, pero por el lado derecho de la misma. Dos bandidos se acercaron al celta, que movió su lanza centelleante con habilidad, su acerada punta centelleando y portando muerte.

Acabó con sus enemigos, pero una traicionera flecha, se ensartó en su muslo. Rechinando los dientes por el dolor, consiguió subir a uno de los caballos que tiraban de la carreta. Cortó las cuerdas, y con habilidad se lanzó contra los enemigos.

Sir Gunner, por su lado, se enfrentaba con decisión a los bandidos. En su escudo lucían clavadas sendas saetas, y recibió alguna que otra herida, pero a pesar de todo, su hacha hizo su trabajo. Con un fuerte tajo, acabó con la vida de su enemigo, y contempló el follaje tras la protección de su escudo.

No tardó en localizar a los ballesteros, y haciendo honor a su nombre, se abalanzó como un oso contra ellos, enarbolando su arma.

Sir Loic taloneó los flancos de su montura, y se lanzó contra el líder de los bandidos, el enjuto ladrón que se hallaba subido al tronco. Con un tirón de las riendas, el caballo se encabritó y el caballero lanzó un golpe contra el ladrón, pero falló por poco, y este saltó del tronco, intentando huir.

Con pericia, el Caballero de la Lanza partió tras su rival, pero a pesar de su habilidad en la monta, los numerosos árboles impedían que alcanzara al llamado Thom el Largo. Desmontó de un salto y comenzó a perseguirlo. Haciendo gala de su proverbial destreza, alcanzó a su enemigo, y con su lanza lo hizo caer.

Mientras tanto, tanto Sir Gunner como los caballeros de sir Andrew, los valientes John y Ulric, derrotaron a los bandidos restantes. A pesar del riesgo, y de las heridas sufridas, no había que lamentar bajas en su bando.

Sin perder un segundo, retornaron al señorío De Falt, llevando a Thom el largo como prisionero.

-Vaya, no pensé que iba a volver tan pronto aquí. - Thom el largo, vanagloriándose ante los caballeros.

El humilde Sir Andrew apenas podía contenerse ante la presencia del bandido, así que solicitó a los caballeros que iniciaran el interrogatorio. El prisionero se sentía confiado, pues sabía que no podían matarlo, pero no contaba con la “habilidad” de Sir Loic.

Después de que Sir Gunner intentara interrogarlo sin éxito, el caballero celta mandó traer un gran caldero con agua hirviendo. Con calma, comenzó a hablar con Thom, pero este apenas le decía nada.
Repentinamente, Loic sujetó con fuerza el brazo del bandido, y sumergió su mano en el agua hirviendo. El grito de dolor fue horrible, y todos los que lo escucharon no pudieron evitar un estremecimiento.

Sir Andrew llegó preocupado, pero Sir Loic, tranquilamente, le informó de que el prisionero iba a cooperar.

-Tenemos dos formas de hacer esto…- Sir Loic, antes de mostrar sus dotes “persuasivas”.

Ante el temor de una represalia por parte de los Bandidos del Bosque, Sir Loic partió hacia Sarum, llevando al prisionero, con la intención de solicitar soldados para atacar la base de los ladrones, cuya posición había sido relevada por Thom.

Por su parte, Sir Gunner permaneció en el señorío organizando las defensas, creando empalizadas y adiestrando algo a los campesinos, preparándolos para defender su hogar en caso de ataque.

El peligro se cierne sobre nuestros caballeros…¿conseguirán salir de este embrollo con vida?

Año 484. Incursión Sajona

“¡Acercaos! ¡Venid todos a escuchar mis palabras! Yo, Gaeldas el Bardo, os contaré las aventuras y desventuras de grandes héroes.

Traedme una buena bebida, y os narraré de aquellos tiempos en los que los jóvenes caballeros, Sir Gunner y Sir Loic, se convirtieron en el terror de sus enemigos.
De cuando el Oso de Salisbury sembró el terror con la hoja de su hacha entre los incursores, y el sagaz Caballero de la Lanza cubría sus espaldas con su refulgente arma.

¡Venid y acercaos he dicho!
Pues así continúa su historia…”


Las semanas habían pasado con rapidez, dejando la primavera atrás. Los jóvenes caballeros aún estaban acostumbrándose a sus nuevas obligaciones a las órdenes del Conde Roderick, cuando una buena mañana les fue encomendada una tarea.

Acompañarían a Sir Jaradan, un prometedor caballero, del que se decía que era la mejor espada del condado, y a otros siete camaradas, a patrullar las fronteras del sur del condado. Partieron con presteza, junto con sus escuderos, y pusieron sus buenas monturas a un galope suave.

Durante la patrulla, Loic y Gunner hicieron amistad con Sir Jaradan, simpático y quizá algo jactancioso, consciente de sus grandes habilidades guerreras. En ese momento, Sir Jaradan realizó un comentario poco afortunado, acerca de la fama que Sir Gunner había adquirido matando al fiero oso de la aldea de Imber, lo cual molestó sensiblemente al mentado.

- En ocasiones, confundo gilipollas con osos…- Sir Gunner, haciendo amigos.

De pronto, un hombre montado en pony, se acercó a la compañía, agotado de la dura cabalgada. Sin aliento, alertó a los caballeros sobre una incursión más al sur. Eran muchos hombres, bandidos y ladrones en busca de saqueo.
Sir Jaradan, sin dudarlo un instante, puso su caballo al galope para perseguir a dichos bandidos, situación que aprovechó Sir Loic para decir su ya famosa frase:

- Bandidos y Ladrones son como los alcaudones…- grave silencio de los presentes - ¡carroñeros!... – Sir Loic, poeta a tiempo parcial.

Pronto los hábiles jinetes alcanzaron lo alto de una loma, con el fuerte sol a sus espaldas. Abajo, saliendo de la linde del bosque, dos compañías de incursores sajones avanzaban furtivamente. Eran muchos, los superaban en más de cinco a uno, pero no eran más que chusma sajona.

Sir Jaradan, con una sonrisa en sus labios, hizo culebrear a su montura, al tiempo que desenvainaba su famosa espada.

- ¿Qué hacemos, Sir Jaradan?- inquirió Sir Loic -¿Les damos un serio correctivo, o tratamos de echarlos?
-Creo camarada, que podríamos darles un correctivo mientras tratamos de echarlos.
-¡CABALLEROS! ¡A LA CARGAAAA!

Formaron dos grupos, uno al mando de Sir Jaradan, que atacaría por la derecha, y el otro liderado por Sir Gunner, que atacaría por la izquierda.

Los poderosos corceles de guerra descendieron por la suave colina, entre un estruendoso atronar de cascos, gritos y sonidos de armas. Sus enemigos, sorprendidos, apenas tuvieron tiempo de asumir una formación de combate.
La unidad de sir Jaradan se incrustó entre sus enemigos, devastando a su paso, dirigidos por la fabulosa espada del caballero. En cambio, sus otros camaradas, no tuvieron tanta suerte.

Sir Gunner, poco acostumbrado a las dificultades de una batalla real, no pudo coordinar bien el asalto de su unidad de jóvenes caballeros. Pero lo que le faltaba de conocimiento, lo suplía con valentía y arrojo.
El choque fue brutal. Los caballos chocaron contra la aullante marea enemiga, las lanzas se quebraron y las hachas y espadas hicieron su trabajo. El Oso de Salisbury arrolló a dos enemigos, pero su fiero impulso hizo recular a los sajones, que se libraron por los pelos de la carga del Caballero de la Lanza, que acudía a apoyar a su camarada.

Perdido el ímpetu inicial, los sajones, al comprobar su aplastante superioridad numérica, se lanzaron contra ellos como animales. Sir Gunner sujetaba a su montura a duras penas, pues ésta, con los ojos desorbitados, corcoveaba intentando evitar los golpes sajones. Si los caballeros no murieron en ese instante, fue porque sus enemigos se sintieron sobrecogidos al ver la carnicería que el Oso de Salisbury estaba cometiendo.

Lanzaba golpes a diestro y siniestro, su hacha, empapada en sangre, subía y baja sin parar, cortando, sajando y aplastando, entre las risas y los gritos eufóricos del caballero. Cada uno de sus golpes, acababa con un enemigo, y pronto un reguero de cadáveres indicaba su paso.
Pero sin duda, si el caballero sobrevivió a ese día, fue gracias a la ayuda de su camarada, Sir Loic.

El caballero de la lanza, ensartó a un sajón, dejándolo clavado en el suelo, y empuñando otra lanza, se enfrentó con valentía a cuatro enemigos. Recibió golpes, pero gracias a su pericia y a la suerte, ninguno mortal. Mientras, seguía portando la muerte con la punta de su afilada lanza.

El resto de su unidad había sido derrotada, sólo quedaban ellos dos. La prudencia aconsejaba huir, sus posibilidades de supervivencia eran casi nulas, pero aún así, los dos jinetes, enfervorecidos, hincaron sus espuelas en los flancos de sus monturas, completamente empapadas en sangre, y temerariamente cargaron contra sus enemigos.

Los cadáveres eran numerosos, pero a pesar de su habilidad, eran humanos, no dioses. Sir Gunner recibió un tajo profundo en el muslo, y Sir Loic también fue herido varias veces. Cuando la situación ya era desesperada, y el Oso de Salisbury comenzaba a sumirse en las nieblas de la inconsciencia, los sajones supervivientes huyeron. La unidad de Sir Jaradan entró en escena, salvándolos justo en ese momento.

El Caballero de la Lanza, cabalgó con rapidez, sujetando a tiempo a Sir Gunner, que ya caía de su montura. La batalla había finalizado, y ese día, los cuervos estarían contentos.

Las heridas sufridas fueron tratadas con habilidad, y Sir Jaradan decidió que los caballeros heridos debían volver. A pesar de la dura batalla, sólo hubo que lamentar una muerte, la del recién nombrado caballero Sir Ulfer.
Sir Gunner y Sir Loic, junto con Sir Michael y Sir Blain, tenían que volver a Sarum e informar al Conde Roderick sobre lo ocurrido, pero antes, haciendo gala de una gran valentía, el celta Loic se adentró en el bosque siguiendo las huellas de los sajones. Tenía sospechas, y quería comprobar de donde venía.
Por desgracia, el rastro terminaba en un arroyo.

Una vez en Sarum, los caballeros relataron lo ocurrido al Conde, que los invitó a un puesto de honor en el banquete que se celebraría al anochecer. Allí, los jóvenes héroes contaron sus hazañas, bebieron y comieron como caballeros adinerados, pero la noche fue enturbiada por los comentarios de Sir Amig y del misterioso Sir Maglos, acerca de la sangre sajona que corría por las venas de Sir Gunner.

Al final de la noche, el Conde comenzó con un honor especial a los caballeros. Le entregó a Sir Gunner un hacha adornada, fabricada con los restos de las hachas que rompió luchando contra los incursores, y a Sir Loic una lanza labrada con motivos celtas.
Sir Michael y Sir Blain también recibieron regalos por parte del Conde, y todos fueron ovacionados.

Y después de esto, los héroes se retiraron a recuperarse de sus heridas, preparándose para pasar el invierno.